La paz comienza en el interior de cada persona.
No podrá reinar la paz en el mundo mientras en cada casa a diario se libra una
batalla.
El bienestar emocional de nuestros menores es un reto nuevo al que tenemos que
hacer frente sin estar del todo preparados, ni adecuadamente formad@s, ni tan
siquiera segur@s de nuestro propio bienestar emocional. Nos toca sin embargo,
dotar de herramientas a unos jóvenes que, paradójicamente, atraviesan unas
dificultades sin precedentes en su crecimiento personal.
Por eso, propongo una reflexión que pretende ser una invitación a liberarse de
viejas creencias que nos alejan de esa paz interior, del amor sin pretensiones,
de la felicidad más elemental y auténtica. Y no nos permite por tanto actuar como
modelo ante una generación que sin duda necesita de nuestro ejemplo. (Para
ampliar esta idea, ir al enlace
https://crecerfelicesyenpaz.blogspot.com/2020/05/los-ninos-hacen-lo-que-ven.html).
El Amor no se puede ni medir ni comparar.
Esta es una realidad que todos intuímos, pero no siempre tenemos presente. Yo
misma la escuché por primera vez con cierta edad y supuso una ruptura con viejos
corsés que, con el simple hecho de pronunciarla, como si de un conjuro se tratara,
me proporcionaba cierto alivio y paz mental. (Gracias a mi madre por enseñármela
y a mi padre por ayudarle a demostrarlo con hechos).
De hecho, tod@s en algún momento hemos jugado a asignarle valor de cantidad al
amor que sentimos por nuestros seres queridos (“Te quiero mil”), o nos hemos visto
obligados a responder la odiosa pregunta de “¿A quién quieres más?”. Pregunta tan
difícil como absurda de contestar, ya que dicha respuesta conlleva tanto la medición
como la comparación de ese amor. (Curiosamente, estas prácticas son muy
habituales con niñ@s, creyendo que los preparamos así para manifestar sus
sentimientos de una forma “lúdica y natural”).
Nada más lejos de la realidad. No se le pueden poner puertas al Mar, de la misma
forma que no se pueden aplicar términos matemáticos (>, < o =) a algo que es tan
subjetivo como genuino, tan sublime como inagotable. Y hacerle creer esto a un
niñ@ es ponerle unos límites del todo innecesarios y generarle unas contradicciones
internas tan inútiles como perjudiciales.
En una sociedad polarizada, individualista, malherida y carente de amor universal,
puro e incondicional es frecuente encontrar relaciones afectivas de toda índole que
se basan en un amor finito, medible, comparable y no renovable, como algunos
recursos energéticos. En definitiva: un bien escaso, por el que hay que competir.
Se “ama” desde la carencia. El amor se negocia, se comercia con él. Es un bien de
intercambio. Los jóvenes confunden el control con el amor, el chantaje con la pasión,
y ahí es donde nacen el maltrato y las relaciones tóxicas.
Como adultos, tenemos la responsabilidad de enseñarles a amar sin letra pequeña:
hemos de tener especial cuidado con trasmitirles un concepto de amor no excluyente,
no exigente, no carencial.. Si queremos que sean adultos felices, autónomos y
libres el día de mañana, que tengan relaciones saludables y plenas con sus iguales,
debemos poner especial cuidado en expresiones tales como: “Si de verdad me
quieres…”,“hazlo por mí”, “Si no haces esto, me pondré muy triste” O, simplemente,
mostrar expresiones de disgusto si en algún momento eligen no estar/hablar con
nosotr@s. Es necesario que aprendan a amar desde la libertad y la seguridad, sin
condicionantes (Te amo sólo por estar en mi vida y ser tú, no por lo que haces para
que yo esté bien). Sólo así entenderán que alguien que te quiere no te exige, te da.
Es feliz con tu felicidad. Te deja volar, ser libre. y, desde su libertad, elegirán estar
con personas que les amen de ese modo.
El Amor no se demanda, se siente. (Y, en todo caso, se regala)
Por ello, como educadores/as, hemos de poner especial énfasis en que esto se
cultive desde la familia nuclear, concienciar a padres y madres, referentes de
apego primario y, por tanto, el más elemental para su correcto desarrollo.
Esto solo se logra ofreciendo un modelo que puedan imitar, un espejo fiable frente
al que construir su identidad y capacidad amatoria con apegos seguros, no
condicionados.
Para que ello sea posible, hemos de sanar nuestras heridas de la infancia,
nuestras carencias e inseguridades, y por mucho vértigo que nos de su vuelo,
mostrarles confianza el nuestro.
Invitemos a las familias a plantearse las siguientes cuestiones:
¿Espero de mi/s hij@/s una lealtad exclusiva y/o excluyente?
¿Me siento triste o insegur@ de que pueda/n querer o necesitar a otras personas,
o porque me necesite/n cada vez menos?
¿Prefiero que me amen, o que me necesite/n?
¿Tengo miedo del momento en que decida/n volar sol@/s?
¿Necesito que me exprese/n que soy la persona más importante de tu vida?
¿Necesito que me quiera/n más que a nadie?
¿Les animo a comparar, a medir, a elegir entre yo y otras personas/cosas?
¿Siento que tengo que “competir” con el otro progenitor de mis hijos por el amor
de ellos?
Si alguien tiene dudas o respuesta afirmativa para más de una de estas preguntas,
debería revisar la forma en que está dando y recibiendo amor de sus hijos.
Puede que les esté atribuyendo una carga que no es suya ni están preparados para
sostener (Y tampoco tienen herramientas para eludirla).
Desgraciadamente, el último ejemplo merece un punto específico para ser tratado,
porque es especialmente dañino para nuestras personas favoritas en desarrollo.
Y es un error que se comete con demasiada frecuencia, sobre todo entre padres
separados. Ya que se genera una disonancia entre lo que se siente hacia los hijos, y
lo que se siente hacia esa otra persona que cada vez es más ajeno/a. Y que,
sin embargo, comparte ese mismo amor hacia l@/s hij@/s comun/es.
Esto se va haciendo cada vez más complicado y es fácil dejarse llevar por
viejos rencores o inseguridades, incluso por la tentación de facilitarles la tarea de
elegir de una vez por todas una de las dos “casas” y liberar así a tod@s de ese
incómodo trasiego, olvidando que ell@s se merecen crecer disponiendo de ambos
progenitores/as.
Y si ambos viven y están dispuest@s a darles su amor, (Lo cuál es un privilegio del
que no tod@s l@s niñ@s disfrutan), es injusto, doloroso e innecesario que tengan que
prescindir de algun@ de ell@s. Sólo por tener una vida más cómoda o fácil con
el/la otr@ en exclusiva. Perderl@, sacrfificar a un/a progenitor/a en pos de la
supuesta mejora del confort con el/la otr@. Para “facilitar” media vida, perder la
otra media.
No nos engañemos creyendo que “ell@s eligen y nadie puede obligarles”. Si crecen
escuchando frases como “Conmigo están mejor”; “Aquí están más a gusto” ;
“Conmigo tienen todo lo que necesitan”; etc…, admitámoslo, sólo sirve para
alimentar el ego y ell@s harán lo imposible por demostrar esa creencia que tanto
parece reconfortar a quien la expresa.
Y, si efectivamente, eligen quedarse con un@ sol@ por una cuestión de necesidades
básicas, o incluso de confort, en el momento en que sean independientes para
autogestionar ese confort, elegirán estar con la otra persona o tal vez sol@s. (De
nuevo demasiada carga).
Por todo esto, Ell@/s deben sentirse libres para decidir cómo quieren disfrutar de
cada un@, sin que tengan que elegir un/a “favorit@”, ni mucho menos “exclusiv@”.
La diversidad de experiencias con ambos les enriquece y les enseñará a ser
personas más completas. Con la visión de un@ de l@s dos, serán personas
formadas en un 50% de experiencias y puntos de vista.
Además, la exclusividad les acarrearía problemas en sus relaciones futuras,
tanto a hij@s como a padres y/o madres, ya que deben dedicarse un@s a otr@s por
entero, al 100%, sacrificando el resto de relaciones. (De amistad, de pareja…
sólo m/paterno filiales) De adult@s, Sólo se sentirían queridos en la medida en que
“sostienen” los sentimientos de los demás. Desde la carencia, desde el intercambio.
Y sólo reconocerían como amor el excluyente, dificultando así la posibilidad de ser
felices en sus relaciones de una forma exponencial. De amar libremente, de sentirse
plenos y enriquecer su entorno con otras relaciones interpersonales.
Sería una pérdida irreparable que se puede evitar, tan sólo con hacer esta reflexión
y acercarse a ellos desde otro lugar.
No necesito ser la persona más importante de tu vida porque ya soy la más
importante de la mía.
Sintiendo y ofreciendo AMOR en lugar de demandarlo. Sin medir ni comparar.
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